Sólo nada el nadador, porque nunca nada el suicida.
Sol o nada es su elección en el océano de seres.
O sea, no quiere ser ese que es.

jueves, 23 de octubre de 2008

Las prolongaciones del ser


Todavía siento el repiquetear de las campanas. Cada paso que doy es un golpe de metal en mi cabeza. No quiero pensar, pero el sonido me conduce a esos recuerdos que me gustarían que estuvieran sepultados como su cuerpo, el cual en estos precisos momentos está siendo devorado por los miles de microorganismos que devuelven el polvo a la tierra.

Los recuerdos me perturban y no son los mismos que acontecieron en su realidad. En vez de verla con toda su maldad expuesta, sus malas intenciones, su egoísmo, sus ganas de liquidación, no puedo dejar de imaginarla como una buena persona, que es una pena que ya no exista en el mundo. Se trata de la gloria de los muertos, una vez perdidos se convierten en nuestros grandes mártires y vuelvo mi cabeza con pesar, porque me siento una tonta, alguien que necesita disfrazar la verdad para continuar su existencia y cierro los ojos y las lágrimas caen, se deslizan, ruedan y siguen cayendo. No lloro por la perdida que ya no existe, por ese cuerpo en descomposición o por su espíritu evadido en el cosmos, lo hago por mí que transformo las verdades en mentiras y prefiero eso a tener que cargar con ese peso que es reconocer en el otro su podredumbre existencial.

El camino se hace largo y no logro relacionar la realidad. Veo la pared extensa del cementerio, pero no existe. Si hay una pared, no puedo tocarla, mi cerebro no la percibe y si en medio de ese automatismo se me ocurriera cruzarla, con seguridad la traspasaría como papel; en mi mente sólo hay un continuo fluir, donde la corporeidad de los objetos se desintegran en un continuum de pasado, presente y futuro, aunque bien sería decir que el futuro no existe, es un blanco que se extiende más allá de toda previsión. Fumaría un cigarrillo para reincorporar ese futuro en mi campo visual, pero el humo se elevaría a la atmósfera para escaparse una vez más de toda posibilidad de ser asido.

Siento el desgano que se proyecta por mi cuerpo. Llego al final y cruzo. No veo el colectivo que viene hacia mí, porque en mi desvarío no existen automotores o quizás la niebla del futuro lo mantiene oculto. La cuestión es que el empujón de alguien y la ráfaga a mi espalda provocan que me desmaye en el suelo sin fuerzas, sin conciencia, son voluntad.

2 comentarios:

Hernán Nikolay dijo...

Lei tú artículo no se si motivado por tu frase "parranda de vagos" la verdad, ese fue el impulso a leer tu artículo. Me llamo la atención que escribas unas lineas y hagas mención de los muertos, me gustaria hacerte una pregunta: ¿Cómo surgio las prolongaciones del ser?

Vera Zagui dijo...

Son prolongaciones, porque al final a ella no le pasa nada. Supera una etapa para seguir en otra.
Incluso podría llegar a pensarse que nadie se murió y sólo es un juego de su inconsciente.
Ah, gracias por el comentario.